Nunca es suficiente. Y en el futuro, menos todavía.
Un mundo ya cubierto de oro y decenas de manos arrancándolo a la vez: empresarios de traje, robots humanoides, humanos a medio construir y humanos que ya no tienen nada de humanos. No se reparten nada: forcejean. Todos tiran en la misma dirección y nadie suelta.
La avaricia no es un vicio del pasado: es el motor del futuro. La inteligencia artificial, las máquinas y la fusión entre el hombre y el robot no vienen a repartir el mundo, vienen a quedárselo. Y a pasar por encima de quien haga falta para conseguirlo.
A sus pies, lo que ya saquearon: billetes, coronas, relojes, joyas. Al fondo, las torres que lo gobiernan todo y las banderas de un mundo que se reparte sin preguntar a nadie.